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| Juan estaba por entonces haciendo sus primeras armas en la pesca con mosca sobre la boca del Chimehuin. La había elegido porque era ese lugar soñado del que le habían hablado tantas veces. De pronto clavó una hermosa trucha marrón, mucho más grande de lo que nunca imaginó y en esas condiciones podía dominar. Cuando la desesperación llegó al último tramo del backinkg y todo estaba perdido, una voz a sus espaldas le recomendó tranquilidad antes que nada. De a poco aquel hombre alto y afable, enteramente ataviado para la pesca con mosca que había aparecido tan imperceptible como oportunamente, fue, con precisas sugerencias, dándole una excepcional ayuda y a la vez inolvidable lección de pesca. Cuando la trucha llegó por fin a la orilla de ese río interior que inunda el alma de los pescadores con mosca en el momento de capturar un pez, el desconocido ya había desaparecido tan discretamente como llegó. Muchos años después Juan Alarcón, con todos los conocimientos y la historia de nuestro deporte a cuestas, no duda que se trató del "Bebe", nombre con el que el mundo de la pesca con mosca Argentina y extranjera, conoce a José Evaristo de Anchorena. Un indiscutible pionero de nuestro deporte y formidable caster, cuyas historias y hazañas deportivas, no sólo en Argentina, han dado vuelta al mundo y seguirán recordándose por siempre. Juan hoy mira una y otra vez las fotos del Bebe que le mostramos intentando forzar sus recuerdos, pero la imagen de aquel caballero del río, se le ha escurrido irremediablemente de la memoria, hasta caer en la mágica e incontenible profundidad de la leyenda. Por ella el Bebe Anchorena, aunque desde 1995 ya no pesque, sigue estando lo mismo en todas partes. Recorre atento los pozones de su río buscando esas sombras gigantescas que solía mostrarles a los asombrados maestros norteamericanos que lo visitaban. Lanza un cast increíble en el Pozón de las Viudas y hace subir una esquiva marrón con la Platinun Blonde. Pasa por frente a lo de Putkamer, en la parte que más le gustaba del río y más allá mira su propia casa en la que fue intensamente feliz. Por la noche, en la Hostería de José Julián, departe con Donovan, Radziwil y los demás sobre esa grande que se les fue y los desafía para el día siguiente. Alguien seguramente lo verá esta temporada sacando un salmón en el Traful, otro creerá en la próxima haberse saludado cordialmente con él en un recodo del Quilquihue y en un atardecer cualquiera, no faltará un recién iniciado en la pesca con mosca que asegure que un desconocido, de impecable estampa mosquera y una caña de bambú en su mano izquierda, gentilmente lo ayudó con un pez inolvidable en la boca del Chimehuin. Bebe Anchorena hoy tiene 85 años y poder hablar con él en su casa de Buenos Aires, además de un sincero gusto, fue un verdadero honor. Durante mucho tiempo pretendimos hacer un artículo sobre ese pasado luminoso de nuestro deporte y todo lo que “el Bebe”, esa verdadera leyenda, significa para la pesca con mosca nacional. Finalmente su tradicional sencillez y predisposición, nos abrió las puertas del fascinante mundo de las grandes capturas, del “fair play” y de una maravillosa época pionera, donde pescar con mosca no era nada fácil. Con esta entrega, entonces, estamos cumpliendo con un anhelo que nos habíamos impuesto. VERANO DEL 45 Bebe Anchorena se hizo pescador a mediados de la década del 40 cuando el Sur Argentino comenzaba a ser un selecto destino turístico. Corría Octubre de 1945 y en “sociedad” con un pariente, consiguieron un bote y se adentraron en el lago Traful para pescar con caña de “spining” y señuelos comunes. Pero la experiencia se interrumpió abruptamente con la aparición del guarda parque. En esa ocasión Bebe quedó vivamente impresionado con la “sensación del pique” y con esa atracción irreprimible que en más sintió por la pesca, se preparó para regresar en el verano cuando, le informaron, abría la temporada. Fue en un negocio del centro de Buenos Aires que tenía artículos de polo, donde consiguió, su primera caña, una pesada Hardy de 3 tramos y con ella volvió, meses más tarde, a insistir en el Traful; en aquella ocasión pescó también en el Chimehuin. Después de ese verano siguió pescando con mosca durante medio siglo más y recorrió como nadie nuestro país descubriendo los mejores lugares de pesca de Argentina, todo en una época donde tan solo el trasladarse ya era una aventura. UN AMIGO DE TODA LA VIDA Jorge Donovan fue el compañero de pesca de Bebe prácticamente de toda la vida y juntos forjaron, puede decirse, los comienzos de la pesca con mosca nacional. En realidad, cuenta modestamente Anchorena, no fueron ellos quienes iniciaron esa modalidad en Argentina, sino “los ingleses”. Se refería a un puntual grupo de pescadores extranjeros, que dos o tres décadas antes que ellos, ya practicaban aquí la pesca con mosca, un deporte que les era por demás familiar debido a su origen. La historia, que Bebe rememora con frescura, comienza con “un inglés” que era propietario de las tierras del Traful (donde ahora se levanta la famosa estancia “La Primavera”), que a pesar de estar muy enamorado de una criolla, decidió, a raíz de la primera guerra mundial, enrolarse en el ejercito británico, prometiéndole volver para formalizar. Regresó después de terminado el conflicto, pero la novia ya se había casado con otro y el inglés desilusionado, cuenta Bebe, decidió desprenderse del campo y lo puso en venta. Esas tierras que en la actualidad ha comprado, Ted Turner en un alto precio, sin embargo no pudieron venderse entonces “porque nadie las quería”, directamente no hubo interesados. Fueron alquiladas entonces a un poblador de San Martín de Los Andes, que puso una hostería donde empezaron a concurrir pescadores ingleses que utilizaban equipos de mosca. Entre ellos, recuerda Anchorena que le contaron, había una mujer también pescadora que le llamaban “la Gaucha Shipson”, que mezclaba la pesca con el tejido. Todos permanecían largas temporadas, dejándole en realidad más pérdidas que ganancias al dueño. Finalmente la familia Larriviere adquirió esa estancia a mediados de la década del treinta (antes de que fuera declarado Parque Nacional) y tanto el nuevo propietario como Cornelio Donovan, padre de Jorge, practicaban la pesca en el río Traful. Esa fue la semilla del interés de Bebe y Jorge. EL BEBE SEGÚN DONOVAN De los dos, Donovan era sin dudas quien más se preocupó por escribir las historias de pesca que fueron protagonizando y así numerosos artículos de él aparecieron en revistas tales como Camping y Safari. En uno de ellos y bajo el título “Los amigos que la mosca me dejó” Donovan, se refiere especialmente a Bebe, describiéndolo deportivamente así: “Cuantos años pescamos juntos casi no recuerdo... pero con él puedo asegurar hicimos la primaria, el bachillerato y los estudios superiores de la pesca con mosca, el Bebe por supuesto se graduó con las máximas calificaciones. Su estilo, su eficacia en el casting lo colocan en el primer plano y es más, rebalsa los límites nacionales para colocarlo entre los mejores del mundo. Maestro indiscutido del double haul. Su estilo personal está basado en un timing perfecto, su mano derecha (es zurdo) trabaja incesantemente sobre la línea, con gran ritmo y cadencia. El porcentaje de tiros correctos es elevadísimo y la distancia está por encima de lo normal. Tirando una mosca seca o una skatting-spider se aprecia su tremenda eficacia. Su enorme dominio de la mano del haul le permite hacer tiros de 20 o 25 metros sacando sólo 5 o 6 metros de línea. Hay un lugar en la boca que se llama “Abajo de los bushes”; la única chance para tirar es sacar 5 o 6 metros de línea, hacer un back cast muy fuerte y muy a tiempo, ya que el tiro para atrás, para arriba, no favorece para sacar distancia, en fin un lance sólo para expertos muy capacitados. Lo he visto a Bebe pescar una skating-spider en ese lugar y colocarla en los lugares más apartados pero más adecuados. Realmente es un espectáculo ver la maestría y el dominio que ha adquirido el Bebe en el difícil arte del casting con caña de mosca” Otro tiro magistral que realiza son los cambios de dirección, verlo parece tan fácil que a muchos no les llama la atención. “Además de tirar bien, como conocedor de ríos de trucha está a la altura del mejor, no sólo de los ríos que conoce sino de los que no conoce. Sin duda sabe leer el agua y donde están los peces… en la Boca es el número uno, sin lugar a dudas”. LLEGA JOE BROOKS Bebe hoy sigue teniendo esa conmovedora humildad y sencillez que nos referían los que lo conocen bien. Nos miró a través del amplio living de su departamento y con una contemporizadora sonrisa, dijo: “Jorge siempre exageraba”; pasó entonces a contarnos tal vez uno de los momentos más decisivos de la historia de la pesca con Mosca argentina. Donovan, se dedicaba a la explotación agropecuaria y había ido a una exposición referida al tema en Canadá en el año 1954. A su regreso pasó por New York y por supuesto recaló en una conocida casa de pesca de esa ciudad, donde se encontró casualmente con Joe Brooks, uno de los pescadores norteamericanos más famosos por esa época y pionero mundial de la pesca con mosca en agua salada. Poco tardó Donovan, cuenta Bebe, en convencerlo de que en Argentina las truchas tenían el doble de tamaño que las del resto del mundo. Rápidamente trabaron amistad y Jorge fue directamente de allí, invitado por Brooks, a pescar en su casa de Isla Morada en Miami (uno de los paraísos de la pesca con mosca de mar). Como retribución Brooks quedo en visitar Argentina. Así entre el 12 y 20 de Febrero de 1955, llegó al país uno de los grandes maestros mundiales de nuestro deporte. Donovan y Bebe lo esperaban ansiosos y expectantes en Ezeiza. Se habían colocado en “el puente” de la zona de arribos, para desde allí verlo mejor cuando bajara del avión. Cuando pisó la escalerilla y en su mano traía solamente “una cañita” que parecía de spining, Bebe un tanto desilusionado bromeó con Donovan. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] style="width: 283;height: 216" alt="" /> Bebe y la marrón record de 11 kilos
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Luego, cuando recogieron el equipaje, los dos quedarían asombrados por la cantidad y calidad de equipos de mosca con que venia provisto el maestro norteamericano. Hoy Bebe afirma de manera concluyente “que la pesca con mosca Argentina se divide en un antes y un después de Joe Brooks” y para que no queden dudas aclara “con él se produjo un quiebre en todo lo que conocíamos y practicábamos”. ARGENTINA EN EL MUNDO Brooks, fiel a su criterio de que “las truchas grandes quieren su boca llena” venía provisto de “inmensos” bucktails que tanto Donovan como Anchorena, cuando entraron en confianza, llamaron “brochas de afeitar”. Brooks los usaba para la pesca en el mar con los Striped bass y Bonefish sobretodo y preferiblemente en colores claros. Sobre anzuelos # 1/0, con un cuerpo de tinsel metalizado plateado, se montaba, a continuación del ojo del anzuelo, un primer par de alas (obviamente de pelo) que llegaban a medir hasta 7,5 cm de largo y sobre la curvatura otro segundo par de alas de igual extensión. Eran las llamadas "Blonde" que empezaron a ser adoptadas por los argentinos. Entre ellas se destacaban la Platinum Blonde, la Honey Blonde (las dos alas amarillas) y finalmente la Argentine Blonde (el primer par azules y el segundo blancas). Después siguieron en esta serie de las Blonde, la Strawberry (alas rojas y anaranjadas), la Pink (rosadas) y la Black. El cuerpo de la Honey Blonde se hacía con tinsel dorado en vez del plateado. Una vez que Brooks estuvo en Argentina conoció primero la boca del Quilquihue en el Lolog. A poco de empezar a tirar lo sorprendió una arco iris de 4 kilos. A partir de ese momento se sucedieron truchas de un tamaño realmente espectacular entre 4 y 6 kg. La sorpresa de Brooks le hizo exclamar “en una hora y media de pesca obtuve las dos truchas más grandes de mi vida. Cuando vuelva a casa nadie me lo creerá”. Al día siguiente Jorge y Bebe, desde “el cuartel general” que habían establecido como siempre en la Hostería de José Julián en Junín de Los Andes, llevaron a Brooks a la boca del Chimehuin donde obtuvieron 6 truchas de más de cuatro kilos. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] style="width: 312;height: 241" alt="" /> Anchorena en un típico paisaje sureño
En el último día de pesca Joe Brooks obtuvo, con un popper, en la boca del Chimehuin su record de trucha marrón: siete kilos. Era tal el estado de excitación que cuando la estaba pesando “sus dientes castañeteaban” de nervios. Ocurrente, Bebe “diagnosticó” esa “enfermedad” como fiebre, fiebre de la boca dijo y en más así empezó a describirse el especial estado emocional que producía ese lugar a muchos pescadores. Esto fue después utilizado por Brook para escribir en Mayo de 1956, en la revista Field & Strem un artículo con ese título, “Boca Fever”, donde por supuesto sus anfitriones Argentinos tuvieron un destacadísimo lugar. |
Así el Chimehuin, Junín de los Andes y la Argentina entraron, de la mano de uno de los pescadores más prestigiosos de todos los tiempos, al circuito mundial de la pesca con mosca. PURA FIBRA La posterior afluencia de maestros norteamericanos y visitantes del resto del mundo a la Argentina fue una consecuencia natural del viaje de Brooks. Donovan y Anchorena siempre predispuestos a pescar, solían ser sus amables anfitriones. Disfrutaban enseñándoles las inmensas sombras que surcaban el Chimehuin y otros ríos sureños. Brooks se hizo un habitué de nuestro país al que incluso vino con su esposa. La relación que había trabado con Donovan y Anchorena se transformó de esta manera en una perdurable amistad. Para entonces Bebe estaba pescando ya en diferentes lugares del mundo. Incursionó en la pesca con mosca de mar y obtuvo el record mundial de Bonefish. En Noruega clavó un Salmón atlántico de un tamaño también fuera de lo común, cuya captura ha pasado a ser parte del anecdotario de este gran pescador. Ocurrió que ese pez, de un porte excepcional, no fue fácil de doblegar y Anchorena tuvo que seguirlo por la orilla del río durante un gran tramo, en el que atravesó, varios campos, un cultivo de papas y hasta pasó por el medio de un pueblo donde la gente que estaba en un baile salió a presenciar tamaña batalla. Finalmente lo cobró acercándolo a menos de 20 metros de él. Su fabulosa perseverancia, dice Donovan, sumada a su efectividad hacían de él un pescador realmente excepcional. Y cuenta para probarlo una interesante anécdota: Estaban en el Traful con Zuberbuller; después de almorzar Bebe se fue al río y su amigo a dormir. A las nueve y media de la noche clavó un salmón de gran porte que finalmente encontró resguardo debajo de unos árboles, con el consiguiente peligro de enredo, por lo que Anchorena necesariamente debía aflojar la tensión y el pez volvía entonces a recuperarse. Así estuvieron el Bebe y el salmón por más de dos horas hasta que a las once de la noche, muy preocupado Zuberbuller, los encontró en ese empecinado “tire y afloje”. También en esa oportunidad Bebe cobró al pez. Por entonces sus ríos preferidos eran el Chimehuin, Malleo, Quilquihue y Aluminé. LA DE LOS ONCE El 2 de Marzo de 1961 Anchorena estaba por regresar de sus vacaciones sin haber obtenido alguna de esas grandes capturas que hacían memorable a las temporadas. Recorría el Chimehuin en la zona de la boca donde, como siempre, había mucha gente. Tuvo que eludir a un pescador que sentado en un banquillo encarnaba con lombrices y buscando un poco de tranquilidad caminó río abajo aproximadamente doscientos metros. En el camino cruzó a otros pescadores que regresaban por lo avanzado de la hora. Así llegó hasta un punto donde había un hidrómetro colgado de un cable que atravesaba el río. Se trataba de un lugar que todos eludían porque los enredos eran inevitables. Ese día se dio con la sorpresa que el hidrómetro no estaba más. Pensó que durante mucho tiempo nadie había probado tirar allí y con una caña Ted Williams de fibra de vidrio de 9 pies para línea 9 a la que había atado una Honey Blonde número 2, lanzó un cast largo, directo a una profunda corredera. después relatada por muchos “historiadores”, duró, según nos contó el propio protagonista, poco más de tres cuartos de hora. Así la relata el recordado Zapico Antuña en la antigua y excelente revista “Camping” con palabras textuales de Bebe: “…Alcanzo a ver una marejada detrás de la mosca y enseguida siento un tirón impresionante. Era un pez realmente grande. Rápidamente sacó 60 metros entre línea y reserva. Más abajo, en el centro del río hay un tronco grande si es una marrón como parece seguramente buscará enredarse en él para escapar. Sin embargo decide frenar y se planta en el centro de la corriente, como una roca. Aplico toda la fuerza que permite el equipo: el leader resiste 6 libras ¿Pesará 7 kilos? Transcurren diez largos minutos y empleo todos los recursos que se me ocurren. Bruscamente la trucha arranca con una velocidad inicial tan brutal que me hace una galleta en el reel a pesar del registro correcto en que lo tenía. Atino a correr para acompañarla y evitar así que corte, mientras arreglo el hilo. Esto sin embargo me cuesta más de un tropezón y un golpe contra el suelo.
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Finalmente se detiene y comienza el efecto de la caña que lentamente la va acercando. Alcanzo a ver una cola inmensa y de un solo golpe vuelve a sacar 50 metros de línea. Sale la luna y el espectáculo es indescriptible. Tiemblo de emoción y de cansancio. Vuelvo a recuperar y busco, esta vez agua tranquila y baja. Descubro una gran piedra que tiene detrás, seguramente buen reparo y logro llevarla hasta allí. Entra rendida, también ella, y entonces busco en su cuerpo interminable el lugar para asegurar el bichero y la presa. Mis hijas que han presenciados las últimas alternativas de la lucha, me alcanzan una balanza que marca solamente hasta 9 kilos. El resorte pega sonoro en el fondo…". Hasta aquí el relato que nos hizo el propio Bebe. Esta lucha que ha sido Desde entonces al lugar del río donde se produjo esta captura se lo llama “de los once”. Bebe nos cuenta hoy el final de esta fascinante historia. Pesaron la trucha dos veces más. La primera inmediatamente después en la boca del Chimehuin donde alguien facilitó una balanza con más rango y la trucha sobrepasó entonces los once kilos. Rato después, en la tradicional hostería de José Julián, en medio de una generalizada algarabía, un irlandés trajo una balanza Hardy y la gigantesca marrón pesó 24 libras. Cuando Bebe quiso devolverle la balanza el irlandés de ninguna manera la aceptó. Quedó como un obligado presente, cargado de respeto por quien acababa de batir el record mundial de la especie con mosca. Ese registro se mantuvo por muchos años. Ernest Schwiebert, uno de los más renombrados autores norteamericanos de artículos y libros de pesca con mosca, hace un extenso relato, más o menos ajustado a los hechos, de esta captura, en el cuidado libro "Aguas Lejanas" de Val Atkinson. Muchas otras publicaciones extranjeras también la refirieron después.
UN VIAJE EN ÓMNIBUS
Bebe Anchorena no sólo es un deportista cabal, sino todos coinciden en que antes, es una gran persona. Los inicios de la pesca con mosca en nuestra provincia, allá por fines de la década del setenta y comienzos de la siguiente, lo contaron como un incansable maestro y entusiasta impulsor de todas las iniciativas e interrogantes que se planteaban los cordobeses por entonces. Vino muchas veces a nuestra Ciudad y pescó nuestros ríos serranos que hoy opina “son inmejorables para practicar mosca seca”. Se recuerda del río San José donde está el campo de Bardin y otros muchos lugares donde fue llevado por la Fundación Achala, hoy desaparecida. Pero además Anchorena, vino a Córdoba para dictar cursos de atado y aquí además probaba las cañas de bambú de Gustavo Prato, quien incluso solía dejárselas en su casa del sur durante las temporadas. Hoy Anchorena guarda un afectuoso recuerdo para su hijo Federico, Eduardo Carena y Silvia Finochiaro, última presidenta de la Fundación Achala. En cierta ocasión, cuenta Eduardo Carena al frente inicialmente de Achala, Bebe fue invitado a Córdoba a dar un curso de moscas salmoneras, pero seguramente también iba a atar una "Skating Spider" (araña patinadora), su mosca preferida, que medía hasta 3 cm de diámetro. Para esa ocasión necesitaba un cemento que no lo iba a poder conseguir aquí, así que en Buenos Aires apartó una cantidad suficiente que puso en un frasco y cerró cuidadosamente. Como los cordobeses insistían en hacerse cargo del viaje, Anchorena para no ocasionarles demasiados gastos, decidió venir en ómnibus por lo que tuvo que traer en la mano ese precioso frasquito, durante las diez horas que duró el trayecto. Precisamente estas características de minuciosidad y perseverancia fueron las que lo convirtieron en uno de los grandes atadores del país. Sus moscas de salmón, tal vez la máxima expresión del atado en el mundo, son por demás famosas. Incluso quienes lo conocen bien en este aspecto, se asombran por la cantidad, diversidad y calidad de material que guarda. Cuando Julio Gilardi decidió publicar su libro de atado fue Bebe Anchorena quien, emblemáticamente, lo prologó. Hoy en compañía de Marcelo Morales sigue atando moscas de salmón.
UNA CASA. UN MUNDO
Tal vez había más truchas grandes antes que ahora, pero… ¡había que pescarlas! y con equipos no tan sofisticados y específicos como los nuestros de hoy. Observación, perseverancia y sobretodo habilidad, era por entonces la única “receta” para estas grandes capturas, imposible de hallarla en el escaparate de un fly shop. Bebe obtuvo otras muchas truchas memorables aparte de esta. De hecho siempre recuerda otra de ocho kilos que cobró y cuya pelea le ha quedado vivamente grabada. El 5 de Marzo de 1968, tuvo otra titánica lucha también con una descomunal trucha marrón que “empequeñecía a la de 11 kg”, pero después de 45 inolvidables minutos cortó. El profundo amor por su río, lo llevó finalmente a Anchorena a edificar en la inmensidad de la Patagonia, en la ribera misma del Chuimehuin, una de las casas más bonitas y amplias de la región, que en adelante se erigió como un verdadero paradigma del compromiso final de un hombre con su deporte y sobretodo con el medio que amaba. No hablamos con él de los años felices que transcurrieron allí, pero sabemos que alrededor de ella se abroquelaron gran parte de sus afectos y recuerdos más profundos y perdurables. Finalmente cuando no pudo pescar más, Bebe la vendió sin conocer nunca personalmente al extranjero que la adquirió. Hoy cuando un mosquero pasa frente a ella no duda en afirmar, como si no hubiera cambiado de dueño, que esa es la “casa del Bebe”.
POR SIEMPRE BEBE
Anchorena nos mira desde el sillón, como repasando cada una de sus horas más plenas en la naturaleza y con esa límpida conciencia que sólo adquiere quien ha vivido intensamente, nos dice simple y sabiamente con algo de tristeza: “todo pasa en la vida”. Pero se levanta y con un renovado ánimo nos muestra ese trofeo que está en la sala contigua. Siempre gentil tiene palabras de aliento para nuestra revista “que le gusta mucho” y sigue hablándonos: “al atado hay que dibujarlo para que se entienda bien”, nos sugiere. Luego opina que la proliferación de pescadores y guías de pesca va a contribuir a que los propietarios cierren las tranqueras de los campos. El Quillén, nos dice, era un extraordinario río mucho antes de que él lo pescara, hoy ha decaído notablemente. Finalmente, y entre todos estos temas generales de conversación, nos confió que él siempre “pescó arriba o inmediatamente debajo del agua”, “la trucha que no sube hay que dejarla tranquila abajo”. Toda una definición de su estilo. Jorge Donovan, en aquel antiguo artículo de Safari, concluye la semblanza de su amigo diciendo “… sabe vivir en la naturaleza como un indio. Nadie como él puede encender fuego aún lloviendo sin uso de inflamables y es su placer vivir al aire libre, como se debe, apreciando la belleza y aprovechando la naturaleza. Es un conservacionista nato. Su figura es el ejemplo que hay que imitar para legar los encantos de nuestro maravilloso sur a las generaciones venideras..." Bebe nos acompaña hasta el ascensor, con esa sencillez de la que tanto nos hablaron, envía saludos a los cordobeses y en ese instante se nos ocurre pensar “que no todo pasa en la vida”, que lo realmente importante perdura y se multiplica en el inabarcable horizonte del espíritu. Que grandes no son los peces, sino sus pescadores. Y no importa mucho que aquellos sean cobrados o se vayan, porque en realidad lo que se captura, en cualquier caso, es un sueño. Un sueño inalterable que regalamos a otros algún día. Bebe ha confiado, a las “generaciones venideras”, los mejores suyos por siempre. Tuvimos ganas de volver para decírselo, pero creímos que era mejor dejarlo para cuando lo encontremos en un recodo del Quilquihue la próxima temporada.
Aníbal Carballo
Fuentes :
Conversación personal con José de Anchorena, Noviembre de 1999. Revista Camping - Revista Safari. Eduardo Carena - Marcelo Morales. Agradecemos las fotos a Bebe y la gestión de acercárnoslas a Juan de Anchorena y Clodomiro Ferreira.
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