Cronicas insolitas de Mendoza
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Cronicas insolitas de Mendoza
Crónicas insólitas de Mendoza
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Por Enrique Pfaab
Un golpe de puño en la nuca y el rottweiler quedó desparramado en la vereda, muerto, como un sapo aplastado. El dueño del can apareció gritando: “¡Me mataste el perro, gordo infeliz!”. Otro golpe, esta vez al mentón, terminó en un nocaut que puso fin a la queja.
La historia tiene cuatro actores: el gordo remisero que ajustició al perro, el médico que era el propietario del rottweiler, la jueza correccional que intervino en la causa por lesiones y el maldito sabueso.
El gordo pesaba 180 kilos por ese tiempo. No era todo grasa. Medía (mide aún) más de 1,80 y en su juventud tenía la fuerza de un burro. Cuando trabajaba en un taller mecánico él solo, a pulso, podía levantar hasta el motor de un Siam Di Tella, sacarlo de la carrocería y apoyarlo en el banco de trabajo. Apenas se ponía rojo, mientras bufaba como un buey.
Ya de grande, casado y con dos hijos, consiguió trabajo de chofer en una remisera de San Martín. Lo tomaron por buen tipo, pese a que sabían que el asiento de detrás del conductor quedaría inutilizado y los amortiguadores izquierdos tendrían una vida corta.
Una mañana el operador le anunció al gordo que tenía un viaje desde la sucursal de una cadena de electrodomésticos hasta la casa de la pasajera. Estacionó el 504 en doble fila. En la puerta estaba la clienta, una mujer de unos 50 a la que había llevado otras veces, y un cadete del negocio que tenía dos cajas grandes apoyadas en uno de esos portacargas de dos ruedas.
Amable como siempre, el gordo se bajó del auto, saludó a la mujer, se inclinó con cierta dificultad y levantó las cajas de una vez, ante la mirada sorprendida del cadete.
La mujer ya había entrado al auto y el gordo se aprestaba a meter las cajas en el baúl cuando se desbarató esa calurosa mañana de diciembre. En la casa aledaña un médico abrió el portón de la cochera para sacar su auto. Su perro rottweiler aprovechó esa promesa de libertad y salió corriendo, atolondrado, a la calle.
Quizá haya sido por los bufidos que el gordo daba por el calor y el esfuerzo; tal vez confundió el enorme bulto con una bestia peligrosa; posiblemente haya estado obnubilado por la fuga y el chofer era sólo un enorme obstáculo a superar. Lo cierto es que en dos saltos el perro llegó hasta el gordo y el tercero fue para lanzarle un baboso tarascón.
El gordo alcanzó a esquivar la mordida y en la misma secuencia levantó su brazo derecho hasta la cabeza, cerró la mano y, como un mazazo, lanzó su puño hacia la cabeza del perro. Fue un solo golpe que pegó en la nuca del rottweiler. Sólo se sintió un crujido apagado. Sin siquiera un aullido el perro se desplomó con las patas abiertas y murió en ese mismo instante.
El médico dueño del can, que había visto la secuencia, se abalanzó sobre el chofer. “¡Me mataste el perro, gordo infeliz!”, gritó, mientras preparaba un primer sopapo.
Con la misma mano con la que había calmado al perro, el remisero lanzó su segundo y último golpe. El médico cayó junto al animal.
“Me voy, tengo un viaje que hacer”, dijo el gordo 5 minutos después, luego de confirmar que el médico recuperaba lentamente la conciencia.
La causa por lesiones, impulsada por el galeno, llegó a juicio tres años después. Se trató en el juzgado correccional que en ese entonces presidía la jueza Miriam Molto.
El gordo hizo un relato simple, con la espontaneidad que permite la verdad. Cuentan que Molto tuvo que hacer un cuarto intermedio después de escucharlo para irse a reír en paz a su despacho. La sentencia fue la absolución por legítima defensa.
El gordo ya no trabaja de remisero. Ahora se gana la vida trabajando para otra red de venta de electrodomésticos. Dicen que el médico nunca más tuvo mascotas, pese a que su esposa le ruega que compren un canario.
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Por Enrique Pfaab
Un golpe de puño en la nuca y el rottweiler quedó desparramado en la vereda, muerto, como un sapo aplastado. El dueño del can apareció gritando: “¡Me mataste el perro, gordo infeliz!”. Otro golpe, esta vez al mentón, terminó en un nocaut que puso fin a la queja.
La historia tiene cuatro actores: el gordo remisero que ajustició al perro, el médico que era el propietario del rottweiler, la jueza correccional que intervino en la causa por lesiones y el maldito sabueso.
El gordo pesaba 180 kilos por ese tiempo. No era todo grasa. Medía (mide aún) más de 1,80 y en su juventud tenía la fuerza de un burro. Cuando trabajaba en un taller mecánico él solo, a pulso, podía levantar hasta el motor de un Siam Di Tella, sacarlo de la carrocería y apoyarlo en el banco de trabajo. Apenas se ponía rojo, mientras bufaba como un buey.
Ya de grande, casado y con dos hijos, consiguió trabajo de chofer en una remisera de San Martín. Lo tomaron por buen tipo, pese a que sabían que el asiento de detrás del conductor quedaría inutilizado y los amortiguadores izquierdos tendrían una vida corta.
Una mañana el operador le anunció al gordo que tenía un viaje desde la sucursal de una cadena de electrodomésticos hasta la casa de la pasajera. Estacionó el 504 en doble fila. En la puerta estaba la clienta, una mujer de unos 50 a la que había llevado otras veces, y un cadete del negocio que tenía dos cajas grandes apoyadas en uno de esos portacargas de dos ruedas.
Amable como siempre, el gordo se bajó del auto, saludó a la mujer, se inclinó con cierta dificultad y levantó las cajas de una vez, ante la mirada sorprendida del cadete.
La mujer ya había entrado al auto y el gordo se aprestaba a meter las cajas en el baúl cuando se desbarató esa calurosa mañana de diciembre. En la casa aledaña un médico abrió el portón de la cochera para sacar su auto. Su perro rottweiler aprovechó esa promesa de libertad y salió corriendo, atolondrado, a la calle.
Quizá haya sido por los bufidos que el gordo daba por el calor y el esfuerzo; tal vez confundió el enorme bulto con una bestia peligrosa; posiblemente haya estado obnubilado por la fuga y el chofer era sólo un enorme obstáculo a superar. Lo cierto es que en dos saltos el perro llegó hasta el gordo y el tercero fue para lanzarle un baboso tarascón.
El gordo alcanzó a esquivar la mordida y en la misma secuencia levantó su brazo derecho hasta la cabeza, cerró la mano y, como un mazazo, lanzó su puño hacia la cabeza del perro. Fue un solo golpe que pegó en la nuca del rottweiler. Sólo se sintió un crujido apagado. Sin siquiera un aullido el perro se desplomó con las patas abiertas y murió en ese mismo instante.
El médico dueño del can, que había visto la secuencia, se abalanzó sobre el chofer. “¡Me mataste el perro, gordo infeliz!”, gritó, mientras preparaba un primer sopapo.
Con la misma mano con la que había calmado al perro, el remisero lanzó su segundo y último golpe. El médico cayó junto al animal.
La causa por lesiones, impulsada por el galeno, llegó a juicio tres años después. Se trató en el juzgado correccional que en ese entonces presidía la jueza Miriam Molto.
El gordo hizo un relato simple, con la espontaneidad que permite la verdad. Cuentan que Molto tuvo que hacer un cuarto intermedio después de escucharlo para irse a reír en paz a su despacho. La sentencia fue la absolución por legítima defensa.
El gordo ya no trabaja de remisero. Ahora se gana la vida trabajando para otra red de venta de electrodomésticos. Dicen que el médico nunca más tuvo mascotas, pese a que su esposa le ruega que compren un canario.

DiegoAraya- MAYFLY

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Cantidad de envíos: 55
Fecha de nacimiento: 11/01/1987
Edad: 25
Profesiòn: programador del proximo viaje de pesca
Localización: pareditas - mendoza
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Re: Cronicas insolitas de Mendoza
che muy muy bien narrado .......te felicito y la verda que siendo de san martin nunca me entere de este caso y soy de familia de cuervos....saludos
Re: Cronicas insolitas de Mendoza
Es un poco triste leer esto por que lamentablemente el pobre animal no tenia la culpa el que tendria que haber corrido esa suerte es el irreponsable del dueño, y tambien hay que dar gracias que no fue un criatura la agredida.
Pero no se toma conciencia de la forma de tner animales y de como cuidarlas y enseñarlos, es facil tenr una mascota que infunda respeto pero es cruel.
Pongamos en ves de tener un perro atado que en la noche lo soltamos para que cuide la casa, tengamos atado una persona y veremos que pasa.
Pasa exatamente lo mismo que un perro.
Por eso y a mi parecer y por lo menos yo mis mascotas son bien alimentadas no las ato y en la noche duermen igual que yo por que si nesesito alguien que vigile pues contrato a alguien.
Un Abrazo
Pero no se toma conciencia de la forma de tner animales y de como cuidarlas y enseñarlos, es facil tenr una mascota que infunda respeto pero es cruel.
Pongamos en ves de tener un perro atado que en la noche lo soltamos para que cuide la casa, tengamos atado una persona y veremos que pasa.
Pasa exatamente lo mismo que un perro.
Por eso y a mi parecer y por lo menos yo mis mascotas son bien alimentadas no las ato y en la noche duermen igual que yo por que si nesesito alguien que vigile pues contrato a alguien.
Un Abrazo

javier736- TRUCHA MARRON

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Re: Cronicas insolitas de Mendoza
Malisimooooo

gdpbl- MIDGE

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